¿Qué nos hace vivir como muertos?

 In Blog de Inés Ordoñez, Sin categoría

vivir como  muertosLa vida es un don recibido para que la disfrutemos viviendo. Aprendiendo a vivir a cada paso, experimentando la vida en toda su intensidad, animándonos a vivir a fondo los opuestos de dolor-alegría, gozo-tristeza, noche-día, vida-muerte.

Pero algunas veces nos encontramos “medio muertos”. Estamos sin estar, decimos sin decir, sentimos apenas algunas emociones, nos alegran un poco algunas cosas, nos duelen apenas algunas otras… Nos movemos gastando la más mínima energía, el aire que inhalamos apenas si nos alcanza para respirar… ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no podemos abrirnos al don de la vida en toda su plenitud? ¿Qué nos hace vivir como muertos? Pareciera que a veces nos paramos frente a la vida, siendo “una pequeña parte de lo que somos”, dejando media muerta la totalidad de nuestra identidad.

A lo largo de las distintas etapas la vida, hemos ido enterrando y ocultando “pedazos” de nuestra identidad en las cavernas de nuestras entrañas y de nuestros corazones. Experiencias de pecado, situaciones de injusticia y sentimientos de profundo dolor que hemos sepultado en lo oculto, y tapado con enormes piedras, para que nada ni nadie pudieran desenterrar, ni siquiera nosotros mismos. No podemos tener acceso a lo que está enterrado. Es más, muchas veces no tenemos ni la más mínima idea de lo que está detrás de las piedras. Lo que sí tenemos, es la certeza de que lo que está adentro, huele mal… huele a muerte.

Jesús nos pregunta hoy: ¿Crees que yo tengo poder para dar vida nueva a aquello que has enterrado y dado por muerto? ¿Crees que yo puedo hacer vivir aquello que has puesto detrás de la piedra de tu enojo, olvido, o depresión? ¿Crees que yo puedo despertar lo que has dejado dormido durante tanto tiempo? ¿Sacar a la luz a lo que ha permanecido oculto? ¿Desatar a lo que está atado adentro? ¿Darle vida nueva a cada una de tus muertes?… ¿Lo creemos?

Si lo creemos, el Señor necesita nuestra colaboración y nos pide que lo llevemos a la entrada del sepulcro, que le mostremos el camino que hemos andado para enterrar y esconder lo que consideramos muerto, y que le señalemos la piedra que tapa nuestro sepulcro interior. Que le digamos “Ven, Señor, y lo verás…” Esas piedras tienen atrapada y muerta nuestra identidad. No podemos seguir creciendo en el camino al corazón, si hay algunos tramos del camino que quedaron para siempre bloqueados por las piedras que nos traban el acceso hacia partes de nuestra historia. Es hora de escuchar la voz potente del Señor que, con amor, nos ordena: “¡Quiten la piedra!”. Si nos atrevemos a sacar las piedras, aunque nos parezca que no podemos hacer nada, Jesús desciende a estas cavernas escondidas a las cuales no tenemos acceso y nos purifica hondamente con la fuerza de su resurrección. Jesús llega con su poder a estos lugares nuestros que están muertos y saca de nosotros ¡la vida!

Si queremos que Jesús sane nuestras heridas, tenemos que ponerlas al descubierto: recuperar nuestro pasado, recordar, hacer memoria; volver a mirar y descubrir en la historia de nuestra vida, todos esos lugares del camino en donde hemos dejado enterrado un pedazo de nuestra identidad. ¡Es hora de quitar las piedras! ¿Cómo las podemos reconocer? Éstas se manifiestan en nuestro presente, impidiéndonos vivir en plenitud o condicionando nuestros comportamientos: ¿Por qué ando por la vida como acarreando una carga pesada? ¿Por qué estoy tan distraído? ¿Por qué no puedo traerme ahora a mi presente, por qué hay una parte de mí que está tensa y viviendo como enganchada con el recuerdo, la angustia, el dolor, la pesadez de esto que a veces ni siquiera sé qué es, pero que hace que yo esté siempre de acá para allá, disperso, ausente y ansioso? ¿Por qué me siento tan mal cuando alguien me grita, me quedo paralizado y temeroso sin poder reaccionar? ¿Por qué voy por la vida con una necesidad imperiosa de sobresalir, de ser el mejor, de que me miren y aprueben? ¿Por qué actúo como súper mujer o súper varón, que todo lo puede y que siempre salgo corriendo a solucionar la vida de todos? ¿Qué me pasa que le tengo tanto miedo a las pérdidas, a que se muera un ser querido? ¿Qué me pasa que me destruyen las despedidas? ¿Qué me pasa que no puedo expresar mis sentimientos? ¿Qué es esto que está oculto que hace que no me pueda entregar del todo?… ¿Qué es esto que hace que no pueda confiar? Son todos indicios que nos marcan el lugar de la herida, el camino de encuentro con nuestros sepulcros. Hasta allí tenemos que llevar al Señor para que haga el milagro de la vida. Las piedras, pueden convertirse en puertas que den paso a una vida nueva, a la vida en plenitud.

Sobre las piedras que tapan nuestras heridas, hemos construido mecanismos de defensa para seguir viviendo sin que nos duela. Son reacciones muy humanas que nos protegen de lo que nos resulta doloroso aceptar, comportamientos inconscientes de gran utilidad para atravesar algunos tramos de la vida, sobre todo porque reducen las consecuencias de un acontecimiento doloroso y estresante, y nos permiten seguir viviendo sin morirnos. Son diversas formas de defensa psicológica con las cuales conseguimos vencer, evitar, circundar, escapar, ignorar o sentir angustias, frustraciones y amenazas.

Especialmente tendemos a defendernos con mecanismos de las cosas que nos dolieron en la infancia, aquellas cosas de las que no pudimos defendernos en su momento; reaccionar, protestar, gritar y llorar. Los mecanismos de defensa nos permiten movernos por la vida sin sufrir tanto… pero pueden dejar como “dormidas” ciertas partes de nuestra vida, impedir que nos conectemos más profundamente con la realidad, con lo que nos sucede, con lo que les sucede a otros. Nos defienden de lo que nos duele, pero hacen que no podamos hacernos cargo de nuestra vida así como fue, porque vamos a cada paso diciendo: Eso que fue… ¡no fue! Es muy difícil vivir así. Consumimos una enorme cantidad de energía haciendo que nuestro pasado se acomode a los mecanismos que hemos construido, negando lo que realmente fue. Son murallas que aíslan nuestros sentimientos, y hacen que no los sintamos ni los podamos reconocer, y estos sentimientos que no reconocemos quedan en el fondo de nuestro corazón, aprisionados, y nos condicionan la conducta, sin que podamos darnos cuenta.

Para poder apropiarnos de nuestra propia vida y asumir nuestra verdad, tenemos que pararnos con el Señor frente a las piedras de nuestro pasado, mirar nuestra historia, nombrar cada una de las cosas que nos pasaron y reconocerlas, para poder decir: Así fue; lo asumo, me hago cargo, lo acepto… El conocer la verdad que vivimos y aceptar que fuimos heridos nos sitúa frente a las piedras para poder hacer algo. Necesitamos llevar al Señor a ese lugar de la herida: ¡Ven, Señor y lo verás! Y escuchar su voz poderosa que nos ordena “¡Quita la piedra!”

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