La Hemorroísa – Jesús tiene el poder de curar nuestras heridas

 In Aprender a Rezar

1er paso

Busca un lugar que te guste y donde puedas estar tranquilo. Elegí un lugar en la naturaleza, tu habitación o cualquier otro lugar en la casa en la que puedas estar a solas y sin ser interrumpido por 40 minutos.

Disponé todo para este tiempo de oración: un lugar cómodo en el que sentarte ( puede ser un sillón, una silla o un banquito de oración); busca tu Biblia, enciende una pequeña vela como signo de la presencia de Jesús resucitado.

Quédate en silencio y recogé tu corazón. Cerrá los ojos y respirá con tranquilidad, pensando en lo que vas a hacer y a quién te vas a dirigir. Hace un acto de fe en la presencia de Dios haciendo la señal de la cruz. Rezá lentamente el Padrenuestro.

Toma la Biblia en tus manos, con amor y reverencia y leé el texto que te proponemos, escuchando, meditando y contemplando la escena para hacerte una composición del lugar.

Lee despacio el texto, saboreando cada palabra. Cuando encuentres alguna que resuene más en tu corazón, detené la lectura y volvé a repetirla dejando que se pronuncie en tu interior. Acordáte que es Jesús quien te está hablando a través de esas palabras.

Jesús regresó en la barca a la otra orilla. Lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”. Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta, y dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”. Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todos lados y preguntas quién te ha tocado?”. Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quien había sido. Entonces, la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (Mc. 5, 21.24.25-34).

2do paso

Despertá tus cinco sentidos: observá a las personas a través de la imaginación. Imaginate el lugar, el momento del día, sentí la naturaleza y el calor del encuentro. Escuchá las palabras y los sonidos. Olé y gusta la fragancia y el sabor de la persona de Jesús. Dejáte tocar y abrazar por cada uno de los personajes del texto.
Volvé a leer el relato. Imaginá y escribí los sentimientos interiores de esta mujer. ¿Alguna vez te sentiste así?

…Lo seguía una gran multitud.
Jesús, era siempre seguido por una gran multitud que quería verlo, escuchar sus palabras y dejarse curar. La gente no venía sólo de Galilea, sino de Judea, de Jerusalén, de Tiro y Sidón, de Idumea y de la Transjordania

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
El Evangelio no nos da el nombre de esta mujer, sólo su diagnóstico: padecía hemorragias desde hacia doce años. Su enfermedad era crónica, y era conocida como “la hemorroísa”. En tiempos de Jesús, la enfermedad era considerada como un castigo del cielo: el enfermo era alguien que había sido abandonado por Dios.
Esta mujer estaba profundamente enferma: con su cuerpo sangrante perdía vida y vigor. Y no sólo estaba enfermo su cuerpo, sino también su espíritu, ya que a causa de los flujos de sangre era considerada impura. La ley de Moisés era clara al respecto: la mujer que padezca flujos de sangre, permanecerá impura mientras duren sus hemorragias. ¿Qué significaba estar impura? Nadie se le podía acercar ni tocar su cuerpo, no podía entrar al templo ni a la sinagoga para la oración y todos la discriminaban pensando: “Algo habrá hecho esta mujer para padecer tanta impureza…”. Humillada y enferma, sin curación y sin esperanzas…

Había sufrido mucho y gastado todos sus bienes… pero cada vez estaba peor.
¡Cuánto sufrimiento y cuánto cansancio! Había hecho todo lo posible por curarse, cuántos médicos visitados, todos sus bienes gastados a fin de recuperar su salud y su dignidad… ¡Y nada había resultado! ¿Cómo se sentiría esa pobre mujer? ¿Qué pensaría? ¿Cuál sería su mayor anhelo? Casi podemos escucharla: “¡Quiero sanarme! ¡Voy muriéndome a cada paso! ¡Cada vez me siento peor! ¡Yo no hice nada para merecer esto!” Sin embargo todos la excluían. Los médicos de Israel y los maestros de la Ley nada podían hacer por esta mujer sangrante e impura.

Como había oído hablar de Jesús…
Vivía una vida de soledad, desconsuelo y desesperanza, pero un día oyó hablar de Jesús, de su bondad, de su mirada misericordiosa hacia todos los marginados, de cómo había curado a tantos enfermos y cuánto amaba a los que el mundo consideraba impuros o “fuera de la ley”. La esperanza comenzó a renacer en su corazón. Le habían contado que Jesús decía: “La fe puede mover montañas”. Y ella pensaba: “Si la fe puede mover montañas, también podrá hacer que cese mi hemorragia… ¡La fe podrá curarme!”.

…se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto…
“¡Yo quiero ver a Jesús! ¡Yo se que el puede curarme! Tengo que poder acercarme a el y tocarlo”. Tenía que acercarse “por detrás”, sin que nadie la reconociera, ya que no era digna de pararse frente Jesús. “No importa” –pensó- “con sólo tocar su manto quedaré curada”. ¡Tan grande era su fe! ¡Tan segura estaba de encontrar en Jesús la sanación! Se acercó despacio pero segura, sin que nadie se diera cuenta, y escondida entre la multitud que apretaba a Jesús por todos lados, silenciosamente, tocó su manto.

…“¿Quién tocó mi manto?”
Jesús se dio cuenta en seguida que alguien lo había tocado. Sintió la fuerza que había salido de él y la enorme fe de aquella mujer. Quiso conocer a esa persona y tener un encuentro personal con ella. ¡Quería revelarle el secreto de su fe!

“¿Ves que la gente te aprieta por todos lados y preguntas quién te ha tocado?”.
Los discípulos, como siempre, responden a Jesús desde la lógica humana. ¿Cómo Jesús se detiene a preguntar algo tan obvio? No hay tiempo para detenerse… Sin embargo, el Maestro se detiene en medio de la multitud y mira a todos tratando de encontrar el rostro de quien lo había tocado con tanta fe.

Entonces, la mujer, muy asustada y temblando, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
La mirada de Jesús es dulce y penetrante. Se hizo un gran silencio. La pregunta era clara y concreta: “¿Quién tocó mi manto?”. Parecía que no estaba dispuesto a moverse hasta no conocer la verdad. La mujer temblaba de miedo y pensaba: “¿Cómo me atreví? ¿Y si alguien me reconoce y me delata? ¡Tocar a Jesús! ¡Contaminarlo con mi impureza!”. Sin embargo también ella había sentido que una fuerza extraordinaria había recorrido todo su cuerpo y la había curado de su mal. La mirada de Jesús le dio una profunda confianza en sí misma. Salió de entre la multitud para abrazarse a sus pies y contarle toda la verdad: “¡Yo fui! Hace doce años que estoy enferma, sangro sin parar, la vida se me escapa ¡Y yo quiero vivir! Todos me echan, nadie puede curarme, hasta Dios se alejó de mí. Pero yo escuché hablar de vos Jesús, y algo muy dentro de mí me dijo que si me acercaba… si tan sólo podía tocar tu manto quedaría curada. ¡Sólo vos, Jesús, podés curarme y devolverme la vida que se me va con estas hemorragias!”. Jesús la escuchó emocionado y conmovido. ¡Qué fe tan grande la de esta mujer!

“Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad”.
Jesús la levantó y la miró con profundo amor. Él sabía que su misión era revelarnos el amor misericordioso del Padre y enseñarnos a confiar en él. Esta mujer lo había descubierto. La enfermedad y el sufrimiento la habían llevado a reconocer en Jesús a quien podía salvarla de todos sus males. Jesús la llamó dulcemente “hija”. La miró con el amor del Padre y le devolvió su dignidad de hija de Dios. Y la curó. Primero sana su espíritu atormentado por la enfermedad regalándole la paz, y luego elimina la enfermedad de su cuerpo deteniéndole el flujo de sangre.
¿Cómo se habrá sentido esta mujer? Su confianza en Jesús no la había defraudado. Su fe le había devuelto la vida y la alegría. ¡Ninguna enfermedad la apartaría nunca jamás de esta experiencia de amor!

Dios nos quiere sanos y santos en cuerpo y espíritu
Las personas sufrimos cuando nos vemos privadas de algún bien. La enfermedad, consecuencia del pecado, nos hace sufrir. Puede ser corporal y visible, o espiritual: no se ve, pero de todos modos nos hace sufrir. No es fácil atravesar las enfermedades del cuerpo sin que se nos enferme con ellas también nuestro espíritu. Y muchas veces nos sentimos igual que la hemorroísa: incapaces de curarnos, condenados al sufrimiento y el dolor, sintiéndonos cada vez peor.

La enfermedad, el dolor y toda clase de males se hacen presentes en nuestras vidas de muchas maneras, pero nada puede resistirse a la redención. A partir de Jesús todo se hace camino hacia su encuentro y así podemos vivir confiados y con esperanza frente a todo.

Dios pone a nuestro lado muchas personas que pueden devolvernos la salud o ayudarnos a transitar la enfermedad. El amor sanador de Dios nos llega a través de las personas que están a nuestro lado para aliviar nuestro dolor con sus palabras y gestos de amor, con su consuelo y consejo o con su ciencia y tecnología. Padres, familiares y amigos; médicos, enfermeras y psicólogos; sacerdotes, acompañantes espirituales y tantos otros.
Y allí está siempre presente Cristo, trayéndonos la salvación, devolviéndonos la paz y curando nuestro espíritu para enfrentar la enfermedad con su consuelo y aliento.

La fe es una gran medicina
La fe nos ayuda a comprender que no estamos solos en los momentos de dolor, que Cristo está siempre a nuestro lado, y que nos da la fuerza de su Espíritu para atravesar el sufrimiento y la enfermedad. Hace falta la fe que puede mover montañas, la fe que puede curarnos y aliviarnos. Aunque la enfermedad no siempre pueda detenerse o desaparecer, Cristo nos quiere sanos para la vida, esto es, alegres en la certeza de que Él es la vida, y que por su muerte y resurrección nos consiguió la Vida eterna, la vida para siempre junto a Dios, donde ya no habrá más llanto ni dolor, en donde nadie más estará enfermo, porque Dios será plenamente la salud y la salvación de todos.

El cuidado de nuestra salud
Todos estamos comprometidos con el cuidado de nuestro propio cuerpo: tenemos que alimentarnos y cuidarnos para crecer sanos. Muchas cosas van en contra de nuestra salud: no descansamos lo suficiente, nos exigimos más de lo debido, nos alimentamos en forma muy pobre, hacemos regimenes de comida que termina por enfermarnos, consumimos alcohol o drogas que nos dañan…

Descuidar la salud de nuestro cuerpo es un pecado que atenta contra la voluntad de Dios: El nos hizo para la vida, el nos regaló nuestros cuerpos maravillosos y nos pide que los cuidemos.

¿Qué es tener un cuerpo sano? ¿Es estar en forma según los anuncios de la TV? ¿Es “matarnos” en el gimnasio para desarrollar hasta el más mínimo de los músculos? ¿Es dejar de comer para alcanzar las medidas perfectas de las modelos? ¿Es someternos a cirugías y tratamientos que nos hagan “más lindos”?

Tener un cuerpo sano es reflejar la belleza y la bondad de Dios en nuestro rostro, en nuestra mirada, en cada uno de nuestros gestos y palabras. Es allí donde descubrimos el verdadero significado de la salud. Las personas buenas irradian una luz especial que las hace bellas, más allá de su apariencia corporal. Todos conocemos esas personas, ejemplares y atractivas. ¿Por qué no puedo también yo ser una de ellas?

3er-paso

Entrá en la escena y conversá con Jesús. Elegí ser uno de los personajes de la multitud e imaginá la escena desde esa perspectiva. Después imagínate en el lugar de la mujer enferma, cargando con tu propia enfermedad. Apropiate de la Palabra, dejá que ilumine tu vida de hoy y decile a Jesús: ¡Aquí estoy Señor! ¡Yo también estoy enfermo y necesito que me cures! Yo también quiero tocar el tu manto… ¿Qué querés que haga? Pedíle al Señor una gracia particular que brote en tu corazón, pedíle lo que más querés y deseás.

También rezá intercediendo por las personas que están enfermas en su cuerpo y en su alma, necesitadas de sanación.

Te suplicamos, Señor,
que nos des a conocer
cuál es la verdadera salud.
Te suplicamos, Señor,
que nos enseñes a valorar
la maravilla de nuestros cuerpos,
templos de tu Presencia.
Te suplicamos, Señor,
que tu gloria se irradie
en nuestros rostros.
Te suplicamos, Señor,
Que nuestras miradas reflejen
la pureza de nuestros corazones.
Te suplicamos, Señor,
Que nuestra sonrisa manifieste
la alegría de ser tus hijos.
Te suplicamos, Señor,
que sepamos cuidarnos para crecer
a imagen y semejanza tuya.
Te suplicamos, Señor,
que tu Espíritu Santo nos ayude
a crecer sanos y santos.
Amén.

4to paso

Disponete para estar con Jesús. Ya no pienses más: dejá que los pensamientos y las imágenes sigan su curso pero no te detengas en ellos. Puede ser que haya quedado algún sentimiento muy presente en tu corazón. Dejá que quede allí, pero sin atenderlo en este momento. Sólo atendé a la presencia de Jesús, que pasa y se queda con vos… Está aquí, a tu lado. Podes repetir al compás de la respiración o de los latidos del corazón, el nombre de Jesús, o una jaculatoria: “Vos en mí, yo en vos”; o la palabra del texto que más te gustó.

Terminá tu momento de oración rezando un Ave María y haciendo la señal de la cruz. Disponete a llevar a tu vida cotidiana la Palabra que acabás de contemplar.

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