Encuentro 15: amar hasta el final

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1er paso

Busco un lugar que te guste y donde pueda estar tranquilo: un lugar en la naturaleza, en mi habitación o cualquier otro en el que pueda estar a solas y sin ser interrumpido por 40 minutos. Tomo mi Biblia y con amor y reverencia me dispongo a orar con la Palabra. Enciendo una pequeña vela como signo de la presencia de Jesús, de su amor redentor que resplandece en mi vida..

Me quedo en silencio y recojo mi corazón. Cierro los ojos y hago unas inspiraciones profundas. Hago la señal de la cruz, marcándome con el signo del amor redentor del Señor. Le presento toda mi vida, con cada una de las cosas que estoy viviendo, y me dispongo a orar junto a María a los pies de la cruz, contemplando el misterio de amor más grande.

Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: “Jesús el Nazareno, rey de los judíos”, y la hizo poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: “El rey de los judíos” sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”». Pilato respondió: «Lo escrito, escrito está».
Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.» Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu (Jn. 19, 25-27).

2do paso

Nos situamos en el lugar. Estamos en Jerusalén, fuera de las murallas.
En este lugar exacto del mundo, que fue recordado para siempre por los que fueron testigos presenciales de este misterio, se levantó un gran templo para conmemorar el lugar en el que Cristo entregó su vida. Muchos peregrinos de todas partes llegan hasta aquí para tocar la roca en la que fue clavada la santa cruz.

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Nos situamos en la escena, como si fuéramos uno más de los que se congregaron a presenciar esta ejecución.
Era un lugar descampado y de muerte. Soldados, sangre, gritos de dolor… hombres que insultan, mujeres que lloran y un hombre justo crucificado, del que sólo brotan palabras de amor. Son siete palabras de amor. Escuchémoslas una por una:

“Padre, perdónalos; no saben lo que hacen” (Lc 23,24).
La primera palabra ya refleja el amor ilimitado de Jesús, que en medio del sufrimiento y del dolor, en medio de la injusticia le pide a Dios Padre que perdone a los que lo iban a matar.

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43).
Jesús no estaba solo en la Cruz, había tres cruces en el Calvario. En ellas estaban crucificados dos ladrones, uno de ellos, llamado Dimas se arrepiente de sus pecados minutos antes de su muerte. Le pide a Jesús que se acuerde de él al llegar al Cielo y Jesús le responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Nuevamente el amor y el perdón de Jesús se hacen visibles.

“Mujer, aquí tienes a tu hijo. Hijo aquí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).
Otro gesto de amor enorme por parte de Jesús. Él está clavado en la Cruz, y a sus pies está María, su mamá, junto a Juan, uno de los apóstoles. Juan representa a toda la humanidad a la cual Jesús nos regala a su madre. María, la madre de dios clavado en la cruz, es desde ese momento de todos los hombres

“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34).
Jesús se siente solo y reza con las palabras del salmo 22 que expresan su sentimiento de abandono. Jesús clama a su Padre, sufre y acepta amorosamente la voluntad de Dios y entrega su vida por nosotros.
Jesús se siente sólo en la Cruz, se siente abandonado por su Padre. Pero su amor es tan grande que cumple Su Voluntad y entrega su vida por nosotros.

“Tengo sed” (Jn 19, 28).
Con estas palabras Jesús expresa su dolor por estar clavado en la Cruz. Perdió mucha sangre y agua, está deshidratado. Estas son las únicas palabras que Cristo pronuncia al sufrimiento físico que estaba atravesando.

“Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30).
Jesús cumplió su misión, cumplió con la voluntad de Su Padre: murió en la cruz para salvarnos. Una vez más nos da una muestra de su amor. Él ya sabía todo lo que iba a sufrir, pero su amor infinito hacia nosotros y hacia su Padre, lo llevaron a cumplir con todos Sus designios y abrir las puertas del cielo para siempre.

“Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lc 23, 46).
Estas son las últimas palabras de Jesús, segundos antes de morir, después de largas horas de dolor y sufrimiento… sus pensamientos y su corazón son para el Padre. Son una expresión de confianza y abandono en su amor.

Pensemos en el corazón de María… imaginemos sus sentimientos… María por su Sea se hace corredentora: colabora con Jesús de una manera única en la salvación. Y Jesús en la cruz nos la deja como nuestra madre. Ella nos acompaña en el camino de la vida, nos ayuda a caminar siguiendo a Jesús. Ella nos invita a ser nosotros también corredentores. Y esto quiere decir, colaborar nosotros también en la obra salvadora de Jesús. ¿Cómo? Ayudándonos a ser buenos, amando en las situaciones cotidianas de cada día, ofreciendo nuestros dolores y sufrimientos… ¡Estand de pie en nuestras vidas, abrazando todo lo que nos toque vivir!

3er-paso

Rezo una decena del rosario contemplando a Jesús en la cruz. Ofrezco cada Avemaría por las personas que están atravesando en este momento situaciones de dolor y muerte.

4to paso

Me quedo en un profundo silencio contemplando este misterio tan grande de amor de Dios por sus hijos. Cierro la Biblia y también mis. Junto mis manos y hago unas respiraciones profundas. El amor de Jesús derramado en la cruz sigue derramándose hoy en mi vida, aquí… ahora… Y así me quedo, en este ahora eterno en el que permanezco a los pies de tu cruz, Señor… y de pie en miv propia vida.

Al terminar el tiempo de la contemplación, renuevo mi decisión de abrazar mi cruz, de tomar mi vida y ponerme de pie. En esta semana voy a estar atento a todas las situaciones de mi vida para crecer en actitudes de ACEPTACION. A su vez, me propongo crecer en la aceptación de los demás, sobre todo de aquellos que más me cuestan.

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