Los discípulos de Emaús – Nuestros enojos y desalientos nos impiden “ver”

 In Aprender a Rezar

1er paso

Busca un lugar que te guste y donde puedas estar tranquilo. Elegí un lugar en la naturaleza, tu habitación o cualquier otro lugar en la casa en la que puedas estar a solas y sin ser interrumpido por 40 minutos.

Disponé todo para este tiempo de oración: un lugar cómodo en el que sentarte ( puede ser un sillón, una silla o un banquito de oración); busca tu Biblia, enciende una pequeña vela como signo de la presencia de Jesús resucitado.

Quédate en silencio y recogé tu corazón. Cerrá los ojos y respirá con tranquilidad, pensando en lo que vas a hacer y a quién te vas a dirigir. Hace un acto de fe en la presencia de Dios haciendo la señal de la cruz. Rezá lentamente el Padrenuestro.

Toma la Biblia en tus manos, con amor y reverencia y leé el texto que te proponemos, escuchando, meditando y contemplando la escena para hacerte una composición del lugar.

Lee despacio el texto, saboreando cada palabra. Cuando encuentres alguna que resuene más en tu corazón, detené la lectura y volvé a repetirla dejando que se pronuncie en tu interior. Acordáte que es Jesús quien te está hablando a través de esas palabras.

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos 10 kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días?”. “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien liberara a Israel. Pero a todo esto, ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”.

Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara estos sufrimientos para entrar en la gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.” El entró y se quedó con ellos.

Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se los dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”.

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lucas 24, 13-35).

2do paso

1- Volvé a leerlo subrayando las frases o palabras que más te hayan gustado.
2- Tratá de imaginar:
– el estado de ánimo de los discípulos en el viaje de ida.
– el clima de la comida entre los tres.
– el estado de ánimo de los discípulos en el viaje de regreso.

Éste es un relato lleno de belleza descriptiva y expresiva. Lucas, su autor, lo construye a partir de su propia experiencia de encuentro con Jesús resucitado. En la escena encontramos tres personajes, un camino, un diálogo y una cena. Vívidamente se nos muestra la crisis de la esperanza y el proceso de transformación por el encuentro, la Palabra y el Pan partido.
El relato era usado como una catequesis ejemplar que daba respuesta a los primeros creyentes que se preguntaban: ¿Qué tenemos que hacer para encontrarnos con Jesús resucitado? ¿En dónde podemos buscarlo? Paso a paso, el relato va respondiendo a este interrogante vital.

Iban a un pequeño pueblo llamado Emaús.
Dos de los discípulos se marchaban de Jerusalén. Se disponían a realizar una jornada entera de marcha a pie. ¿Por qué se alejaban de Jerusalén? ¿A qué iban a Emaús? ¿Qué les pasaba?

En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Si bien se marchaban, no podían dejar de hablar de lo sucedido. Estaban tristes y confundidos por todo lo que había pasado con Jesús.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos…
Jesús salió al encuentro de sus amigos. Caminó con ellos y los escuchó un largo rato; sin embargo “algo” impedía que lo reconocieran. Después de su resurrección Jesús se apareció muchas veces a sus discípulos, habló y comió con ellos invitándolos a dar un paso más en la fe. Era necesario que pasaran del Jesús histórico al Jesús resucitado. Una nueva presencia y una nueva forma de estar junto a ellos, en la que se necesita la fe.

Ellos se detuvieron, con el semblante triste…
El caminante les preguntó acerca de lo que conversaban y ellos se detuvieron con el semblante triste. ¡Qué pregunta! ¿De qué iban a estar hablando? ¿Acaso este forastero no sabía lo que había pasado? Sus corazones estaban llenos de tristeza y en sus rostros se reflejaba la frustración: ellos había creído en Jesús, habían dejado todo por seguirlo, estaban convencidos de que era el Mesías tan esperado, el que les traería la libertad definitiva y cambiaría sus vidas para siempre. Pero no había sido así. Habían presenciado su muerte, ¡crucificado por blasfemo! ¡Lo amaban tanto! Se sentían defraudados y confundidos. Ya nada tenía sentido. Caminaban desesperanzados, atrás quedaba Jerusalén, la comunidad y tantos momentos vividos juntos…

Es verdad que algunas mujeres…
No les había bastado el testimonio de unas mujeres, ni de unos ángeles, ni de sus amigos. Ellos querían ver y escuchar a Jesús tal como lo tenían grabado en su mente y en sus corazones. ¡Querían ver a Jesús! Ahora Jesús estaba con ellos…y sin embargo no lo reconocían.

“¡Hombres duros de entendimiento!”

¿Qué les pasó a estos dos hombres? Ellos conocían perfectamente bien a Jesús. Habían vivido con él tres años muy intensos. También conocían las Escrituras y todas las profecías acerca del Mesías. Habían escuchado a Jesús anunciándoles su partida… pero no había sido suficiente. El impacto de lo vivido había nublado su mente… Era necesario que alguien se los volviera a recordar. ¿Cómo habrán escuchado a Jesús estos dos hombres? ¿Cómo resonarían las palabras de Jesús hablando de sí mismo?

Ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”.
Habían llegado y se hacía de noche. Jesús hizo ademán de seguir de largo, pero los caminantes no querían separase de él. Algo íntimo se había establecido entre ellos y le pidieron con insistencia: “¡Quédate con nosotros! Por favor… ¡no te vayas”.

Y estando a la mesa, tomó el pan… Los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron.
Jesús entró, se quedó y cenó con ellos. Y cuando tomó el pan en sus manos, los discípulos comenzaron a entender. ¿Cómo no reconocer ese gesto? Y en el mismo instante que lo reconocieron y entendieron todo, Jesús desapareció de su vista.
Desapareció de su vista pero se quedó con ellos… Ahora entendían. Ya podían volver. Más que caminar querían correr y anunciar a todos: “Es verdad ¡Jesús está vivo! ¡La fe se hizo viva y renació la esperanza!”

¿No ardía acaso nuestro corazón? En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén.
Durante todo el encuentro, las Palabras de Jesús habían encendido los corazones de los discípulos. Era un nuevo fuego, el fuego de Jesús resucitado. Sus ojos podían contemplar ahora su nueva presencia, no lo veían, pero podían contemplarlo, sentirlo, “¡está con nosotros!”. Jesucristo había vencido a la muerte y al pecado. ¡Estaba vivo! ¡Había resucitado como les había dicho! Ahora recordaban todas las palabras de Jesús. La alegría les desbordaba, ansiaban encontrarse con sus amigos y comunicarles la Buena Noticia de la resurrección que les devolvió el sentido a sus vidas.

Jesús resucitado está siempre a nuestro lado
¿No te sentís a veces como a los caminantes de Emaús? Sabés que Jesús existe, lo conoces, te lo contaron, pero no podés encontrarte de verdad con Él, te cuesta reconocerlo en el camino de tu vida, darte cuenta de que Él, ahora, está caminando con vos.
Lucas escribió este relato porque el sabía lo que nos pasa a todos en nuestra vida de fe. A pesar de que creemos en Jesús nos cuesta reconocerlo, descubrirlo, encontrarnos con Él. Y muchas veces caminamos por la vida entristecidos, enojados, malhumorados. Protestando siempre contra todo, a disgusto con lo que tenemos: queremos otras cosas, ser de otra manera, hacer lo que no podemos hacer. ¡Eternos disconformes que buscamos la felicidad fuera de Cristo!

3er-paso

Jesús está a nuestro lado. Él camina con nosotros y nos pregunta:

“¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué es lo que tanto te preocupa, lo que te hace enojar? ¿Cuál es el motivo de tanta tristeza?” Jesús toma muy en serio nuestra vida, nuestros sentimientos y vivencias. Él quiere que le contemos lo que nos pasa, nos quiere escuchar. Es por eso que se pone a caminar paso a paso con nosotros.

¿Que tal si te tomás un tiempo para conversar con Jesús y hablar con Él de tus cosas?

 

*Leé muy lentamente esta oración, después tomá papel y lápiz y ponete a escribirle a Jesús tu propia oración.

 

Estás siempre conmigo

aunque no te vea,

aunque no sienta tu presencia,

aunque me olvide.

 

Estás conmigo siempre

en los momentos buenos y en los malos,

cuando estoy alegre y también

cuando estoy triste.

 

Estas conmigo siempre,

 no me abandonás cuando peco

 y me buscás cuando te dejo.

 

Estás conmigo siempre

sos mi amigo de verdad

caminás a mi lado, paso a paso

consolándome y alentándome.

 

Estás siempre conmigo,

cuando no entiendo,

cuando me cuesta creer,

cuando me desanimo.

 

Estás siempre conmigo,

iluminando la noche de mi corazón

con la luz de tu Palabra,

alimentando mi vida frágil

con el pan de tu presencia.

4to paso

Disponete para estar con Jesús. Ya no pienses más: dejá que los pensamientos y las imágenes sigan su curso pero no te  detengas en ellos. En este silencio de adoración y de contemplación el fuego del Espíritu Santo va despertando y avivando nuestros sentidos interiores para poder “mirar” a quien no vemos y “escuchar” a quien no oímos. Es el mismo Espíritu quien “toca” nuestro corazón y nos enseña a estar con Jesús. La oración de contemplación es de pura fe y esperanza, es el ejercicio del amor. Podes repetir al compás de la respiración o de los latidos del corazón, el nombre de Jesús, o una jaculatoria: “Vos en mí, yo en vos”; o la palabra del texto que más te gustó.

No te preocupes si “no sentís nada”, te distraés o te impacientás. Lo importante es estar con Jesús. Simplemente, estar con Él.

Terminá tu momento de oración rezando un Ave María y haciendo la señal de la cruz. Disponete a llevar a tu vida la Palabra que acabás de contemplar.

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