El Paralítico – Levántate y camina

 In Aprender a Rezar

1er paso

Busca un lugar que te guste y donde puedas estar tranquilo. Elegí un lugar en la naturaleza, tu habitación o cualquier otro lugar en la casa en la que puedas estar a solas y sin ser interrumpido por 40 minutos.

Disponé todo para este tiempo de oración: un lugar cómodo en el que sentarte ( puede ser un sillón, una silla o un banquito de oración); busca tu Biblia, enciende una pequeña vela como signo de la presencia de Jesús resucitado.

Quédate en silencio y recogé tu corazón. Cerrá los ojos y respirá con tranquilidad, pensando en lo que vas a hacer y a quién te vas a dirigir. Hace un acto de fe en la presencia de Dios haciendo la señal de la cruz. Rezá lentamente el Padrenuestro.

Toma la Biblia en tus manos, con amor y reverencia y leé el texto que te proponemos, escuchando, meditando y contemplando la escena para hacerte una composición del lugar.

Lee despacio el texto, saboreando cada palabra. Cuando encuentres alguna que resuene más en tu corazón, detené la lectura y volvé a repetirla dejando que se pronuncie en tu interior. Acordáte que es Jesús quien te está hablando a través de esas palabras.

Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaúm y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él a causa de la multitud, levantaron el techo del lugar en donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”.

Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”. Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: “¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o ‘Levántate, toma tu camilla y camina’? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”. Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios diciendo: “Nunca hemos visto nada igual” (Mc. 2, 1-12).

2do paso

Despertá tus cinco sentidos: observá a las personas a través de la imaginación. Imaginate el lugar, el momento del día, sentí la naturaleza y el calor del encuentro. Escuchá las palabras y los sonidos. Olé y gusta la fragancia y el sabor de la persona de Jesús. Dejáte tocar y abrazar por cada uno de los personajes del texto.

*Leé el texto detenidamente
1-Hacé una lista con cada uno de los personajes que aparecen en el texto.
2-En base al texto describí las características de la personalidad de cada uno de ellos de acuerdo a sus actitudes y a lo que dicen.
3-¿Con cuál de todos los personajes te sentís más identificado? ¿Por qué?

Jesús volvió a Cafarnaún…
Cuando Jesús dejó su casa de Nazareth, eligió Cafarnaúm como centro de su primera predicación. Allí se encontraba la casa de Pedro. Situada a orillas del mar de Galilea a 5 km de la desembocadura del Jordán, Cafarnaún era una ciudad de mucho tránsito, ya que por ella pasaban las caravanas comerciales que iban de Damasco a Egipto. Sin embargo, no era una ciudad importante, era apenas un pueblo, que en la época de Jesús, tendría alrededor de 1000 habitantes.

…y se difundió la noticia de que estaba en la casa.
En tiempos de Jesús la comunicación era de boca en boca, de vecino a vecino. Esta vez, corrió rápido la noticia de que Jesús había entrado en la ciudad y se alojaba en una casa. ¿En cuál? El texto no lo dice, pero seguramente se refiera a la casa de Pedro. Que al igual que muchas de su pueblo, estaba formada por un conjunto de habitaciones donde vivían varias familias juntas. Pedro estaba casado y vivía allí con su familia, su suegra, su hermano Andrés y seguramente otros más. ¡Era una casa grande! Esta vez resultó chica ya que se reunió tanta gente, que no entraba nadie más.

Y él les anunciaba la Palabra.
Se habían amontonado, no quería perderse esa oportunidad. ¿A qué venía tanta gente? ¿Qué buscaban estas personas? Algunos querían conocer a quien había hecho tantas curaciones, otros querían escuchar con sus propios oídos lo que habían oído decir de Jesús; seguramente estaban los curiosos de siempre y también “aquellos de siempre”, los encargados de juzgar, criticar y delatar a los demás. Jesús compartía con todos su Palabra. A muchos les llegaba hondo, porque estaban necesitados de oír algo distinto, palabras nuevas que les cambiaran la vida. Otros escuchaban sin comprender. Y allí estaban, todos reunidos y apretujados en torno a Jesús, que era la misma Palabra de Dios.

Le trajeron a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres.
Un paralítico. No sabemos nada más de él: ni su nombre, ni su edad, ni su origen. ¿Sería un vecino? ¿Estaría totalmente paralizado o sólo serían sus piernas? ¿Había nacido así o su parálisis sería consecuencia de algún accidente o enfermedad? ¿Habría pedido él mismo que lo llevaran, o fueron sus amigos quienes aprovecharon la oportunidad? Era un paralítico, no podía ir solo a ningún lugar, dependía de los demás para todo.

…haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico.
¡Qué increíble la determinación de estos cuatro hombres! Pusieron todo su ingenio para resolver los problemas: ¿cómo vamos a subir la camilla hasta el techo? ¿Cómo lo vamos a agujerear? ¿De dónde sacamos las cuerdas para bajar la camilla? ¿Y si se nos cae nuestro amigo? ¿Vamos a exponerlo a otro golpe más? ¿Qué vamos a decir a los familiares de Pedro cuando nos recriminen por haber roto el techo? Nada los detuvo: con amor, decisión, esfuerzo y creatividad pudieron conseguir lo que se proponían: ayudar al paralítico a llegar hasta Jesús.

Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”.
Jesús se quedó impactado por la fe de esos hombres. El relato no nos habla de la fe del paralítico, sino la de estos hombres que habían puesto todo su esfuerzo en su misión. ¿Tendría fe el paralítico? ¿Habría sido él quien tuvo la idea? ¿Querría conocer a Jesús o quizás también su corazón estaba paralizado y ya no le importaba más nada? No lo sabemos. Lo que sí sabemos, es que la fe de estos hombres conmovió el corazón de Jesús y lo movió a realizar un milagro. Se hizo un gran silencio: todos estaban esperando oír las palabras de sanación, con las que Jesús premiaba la fe, pero esta vez, el milagro empezaba con el perdón de los pecados: “ Tus pecados te son perdonados”.

“¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”.
Todos quedaron desconcertados, pero los más indignados eran los escribas que estaban allí sentados y se quedaron “paralizados” con el atrevimiento de Jesús. ¿Quién se cree que es? ¡Sólo Dios puede perdonar los pecados! Indudablemente, este hombre no conoce la Escritura, esta diciendo mentiras contra el mismo Dios: ¡está blasfemando! Pero no dijeron nada…sólo pensaban.

Jesús les dijo: “¿Qué están pensando?”
Jesús estaba acostumbrado a ver más allá de las caras y llegar al corazón de las personas. No sólo vio los rostros de estos hombres, que no podían disimular su indignación, sino que también vio sus corazones endurecidos y paralizados. ¿Qué habrá sentido Jesús? ¿Qué habrán sentido ellos el verse al descubierto?

Jesús dijo al paralítico: “yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
¿Qué es más difícil, perdonar los pecados o hacer levantar y caminar a un paralítico? Jesús hizo las dos cosas. Curó su espíritu de todo pecado y a su cuerpo de toda enfermedad: Levántate, toma tu camilla y camina. No sólo la parálisis de tu cuerpo, sino también tu corazón paralizado por el pecado te impedían levantarte. Levántate, estás sano. Y toma tu camilla, toma tu vida y camina. Ya nada te impide caminar. Recobrá tu dignidad, ponete en camino y salí a vivir la vida. ¡Ya no tenés más pecados, ya podes caminar!.

Estamos paralizados cuando no vamos a ningún lado.
¡Cuántas veces en la vida nos sentimos así! A veces, la adolescencia parece como una especie de parálisis que se nos vino encima: no tenemos ganas de hacer las cosas, todo nos da pereza… Si fuera por nosotros, estaríamos todo el día tirados en la cama viendo televisión, en la compu, escuchando música, sin hacer nada, sin ir a ningún lugar.
También nos sentimos paralizados frente a las cosas que pasan, asustados ante tantos cambios, tantas cosas nuevas. Estamos estrenando una vida de adultos que nos viene sin “manual de instrucciones”. Nadie nos explica cómo se usa, cómo hay que hacer para caminar esta vida.
Nos quedamos paralizados porque no sabemos qué camino elegir, cuál es el camino correcto. Y además, ¿caminar para qué? ¿Adónde vamos? No conocemos el camino ni el lugar a donde queremos ir.

¿Qué cosas nos paralizan?
Jesús nos dice hoy a cada uno de nosotros: “La vida es un camino, y yo te invito a caminarla con alegría: Yo te lo mando, levántate y camina”.
No es una sugerencia, es una fuerte invitación
¿A qué? A tomar nuestra camilla, a poner nuestra vida sobre los hombros y a ponernos en marcha.
¿Por qué? Porque la vida es maravillosa, y porque vale la pena vivir, aunque a veces parezca difícil.
¿Cómo? De pié. La vida es un desafío para los que se disponen a caminarla, para los que se animan a levantarse, no para “los sentados”.

El pecado es el mayor obstáculo en nuestro camino. Con el tropezamos a diario, pero Jesús dio su vida en la cruz para liberarnos del pecado, y ya ningún pecado, por más grande que sea puede paralizarnos, puede alejarnos del amor con que Dios nos ama. Cada vez que reconocemos nuestro pecado, nos arrepentimos, y acudimos al sacramento de la Reconciliación, Dios nos perdona y nos vuelve a decir: “¡Seguí adelante! ¡Levantate y camina! No mires atrás, poné tu mirada en mí, y… ¡a caminar de nuevo!”.

También nos paraliza el “no perdón”. Cuando nos negamos a perdonar o a pedir perdón, quedamos atascados en el camino, retenidos por algo que nos pasó, nos dolió o nos lastimó. Hasta que no nos decidamos a perdonar no vamos a poder seguir avanzando.

3er-paso

Entrá en la escena, como si fueras una más de las personas apretujadas dentro de la casa. Escuchá a Jesús…Apropiate de la Palabra, dejá que ilumine tu vida de hoy y decile a Jesús: ¡Aquí estoy Señor! Yo también estoy paralizado y enfermo… Yo también necesito que hagas algo por mí… Pedíle al Señor una gracia particular que brote en tu corazón, pedíle lo que más querés y deseás.

Señor,
Estamos admirados y te glorificamos
por las maravillas
que hacés entre nosotros.
Te glorificamos por la vida que nos diste
y por el camino que trazaste
para cada uno.
No dejes que nada ni nadie nos paralice
Que podamos caminar
siempre hacia vos,
Que podamos levantarnos
cada vez que el pecado nos hace caer,
Que podamos perdonar a los que nos ofenden
Y pedir perdón cuando lastimamos a los demás.
que podamos ayudarnos
mutuamente en el camino,
como vos nos ayudas a cada paso.
Señor,
estamos admirados y te glorificamos
porque la fuerza de tu amor “nos pone de pie”
y nos impulsa a caminar hacia Dios.
Amén

4to paso

Disponete para estar con Jesús. Ya no pienses más: dejá que los pensamientos y las imágenes sigan su curso pero no te detengas en ellos. QUedate respirando en su presencia, poniendo tu mirada en lo que no ves, pero ES y ESTÁ: la presencia de Jesús.

Podes repetir al compás de la respiración o de los latidos del corazón, el nombre de Jesús, o una jaculatoria: “Vos en mí, yo en vos”; o la palabra del texto que más te gustó. Simplemente, preséntate frnete a Jesús como el paralítico en su camilla.
No te preocupes si “no sentís nada”, te distraés o te impacientás. Lo importante es estar con Jesús. Simplemente, estar con Él.

Terminá tu momento de oración rezando un Ave María y haciendo la señal de la cruz. Disponete a llevar a tu vida la Palabra que acabás de contemplar.

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