La oración nos anima a “dejar los controles” – Retiro del SEA Abril 2015

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Los pasos del recogimiento, siempre son los mismos. El llegar, el elegir estar aquí en el lugar, algo muy básico. Recibirme, estoy aquí. Inmediatamente referirnos al Señor: estás aquí, Señor y vine a estar con vos. Es una decisión, un acto de fe. No en un Dios afuera, sino un Dios dentro y fuera, arriba, abajo, que nos trasciende. Dentro… Vos en mí, y yo en ti. Esto lo primero.

Después nos recibimos a nosotros en esta percepción de postura corporal, y eso cada uno lo va haciendo a su ritmo. Recorro todo mi cuerpo y tomo conciencia de los lugares que tengo que atender más, los que enseguida se tensionan. Es un paso necesario, como cuando salgo de mi casa, y voy a dar siempre los mismos pasos. Abrir la puerta y salir afuera, y voy a pasar siempre por el mismo lugar. Los recorremos siempre. Alguna vez los puedo recorrer sin darme cuenta, más rápido, más despacio, pero es el paso necesario para llevarme a donde estamos decididos. El estar aquí, y darme cuenta que lo estoy eligiendo. Nadie me obligó a venir, vine. Vine porque quiero consagrar este tiempo… estoy consagrando toda la vida, toda nuestra vida queremos vivir en tu Presencia, Señor, caminar en tu presencia todos los días de mi vida. Además quiero dedicarte este tiempo para sumergirme en Ti, para darme cuenta de que estás aquí y me invitas a estar contigo. Necesito tiempo para dame tiempo. En la oración le dedicamos un tiempo especial a Dios y a nosotros mismos, para crecer en esta conciencia de quién es Dios y quiénes somos nosotros en Dios. Es una conciencia que crece en la oración contemplativa no por la razón, la lectura o la meditación, sino por una forma distinta.

Después de recibirnos corporalmente, nos recibimos anímicamente: ¿cómo estoy? ¿Qué sentimientos, emociones o estados de ánimo descubro en mí? Y después nos quedamos simplemente respirando en esta conciencia de presencia. Suelto la respiración, la entrego. NO me quedo controlándola. La respiración sabe y conoce su propio ritmo. Así como suelto la respiración, suelto también la mente. No voy a controlar qué pienso, si pienso o no pienso… suelto… suelto Entonces pongo mi atención en el Señor. Es una atención amorosa, que se mantiene en esa tensión amorosa. Es una tensión que es atención sin esfuerzo. Aunque hay un esfuerzo sostenido por Alguien. Un esfuerzo pasivo, donde yo me dejo sostener. Pero estoy atento. Así como cuando estoy de pie, el cuerpo está en tensión para mantenerse, pero me mantengo sin pensar… el cuerpo por sí mismo tiene su equilibrio. Es como encontrar que hay un dejarme sostener. Pero hasta que no encuentro ese dejarme, a veces pongo más de lo necesario de la parte nuestra para controlar. Cuando me doy cuenta que controlo queriendo forzar que las cosas sean como yo quiera… vuelvo a dejarme sostener. Esto es parte del contenido de la oración y del aprendizaje de la oración contemplativa. Señor enséñanos a orar, porque no sabemos orar. Entonces, el Espíritu viene… y nos trae aquí y ahora… nos trae de los lugares a los que nos fuimos: estoy organizando las compras o pensando cualquier disparate… y vuelvo. Pero no es que vuelvo castigándome y haciendo fuerza para que “me salga” bien. El volver es un movimiento del espíritu, como el fluir de las olas del mar: voy y vuelvo. Porque en este ir y volver, cada vez que vuelvo, vuelvo a honduras más profundas. Es como si estuviera cavando un pozo, cada vez que saco la pala hago el mismo movimiento… pero cada vez el mismo movimiento es a una hondura más profunda. Este movimiento es acompañado por la mirada: a veces me quedo mirando afuera del pozo, a veces miro la pala. Pero el mismo movimiento dirige mi atención una y otra vez al pozo, me va llevando a esa hondura, a ese espacio que va surgiendo por el mismo movimiento. Hasta que finalmente la atención puede reposar, aunque el movimiento sigue, pero ya no me quita, no se va mi atención con el movimiento. El movimiento sigue, pero cada vez la atención queda más reposada. Entonces, no me molesta. Así como no me molesta cuando estoy en casa, y hay sonidos, voces o ruido propios de la casa, pero yo puedo estar haciendo lo que tengo que hacer, sin que estos sonidos me interrumpan ni molesten. No necesitamos controlar los ruidos y movimientos. Podemos dejarlos en simultáneo a nuestra atención. Pero hasta que no estamos habituados a esta simultaneidad, estamos queriendo controlar todo. Es parte del aprendizaje, no es que lo estoy haciendo mal. A veces me cansa… sobretodo, cuando pretendo que no sea así, cuando quiero que sea como yo me imagino que tiene que ser. Me canso, porque hay un modelo imaginario al que al que quiero llegar y cuando no llego, me frustro. La frustración me está enseñando, qué pretendo, por qué me frustro. En la contemplación sólo vengo para estar contigo, Señor: Tú estás y yo estoy… y eso sólo es lo que basta. Cuando aparece la frustración, podemos darnos cuenta de otras cosas que se hacen presentes con ella: viene a estar contigo, pero además, vine a estar de la manera que yo quiero estar. En la oración contemplativa yo no controlo la manera en la que estoy… simplemente estoy: Tú estás y yo estoy. Eso es todo. Y no hay nada más. Pero sé que en este estar desde la fe está aconteciendo un encuentro de amor, aunque yo no me dé cuenta. Yo estoy respirando y mi respiración llega a niveles de mi organismo que no me doy cuenta. Pero estoy respirando. Y si estoy respirando el aire llega y está oxigenando mi organismo. No me doy cuenta. No lo controlo, pero el aire llega. Así sucede en la oración: yo no me doy cuenta, yo no lo controlo, pero estoy con el Señor, y su presencia llega hasta lo más profundo, aunque no me dé cuenta.

La contemplación nos empuja a atravesar el umbral del control a la entrega, porque nos anima a soltar los controles: no necesitamos controlarlo todo, y en la oración esta premisa se hace patente: no puedo controlar lo que sucede cuando me aquieto, me silencio, me abandono… ¡No puedo seguir controlándolo! Señor, estás en mí… y tu Presencia es una experiencia incontrolable.

Yo sólo puedo dejarme estar en el simultáneo: me pasan estas cosas en mi cuerpo y en mi mente (de las que me voy dando cuenta mientras me pasan), pero al mismo tiempo, estoy con Vos Señor (aunque no me dé cuenta). Algún día, a lo mejor, también voy a poder vislumbrar esta Presencia… Algún día lo simultáneo se abre, dando paso al Rey de la Gloria. Pero si no, no importa. Porque lo que importa es que yo creo en tu Presencia, y aquí estoy. Lo más importante es la fe, aunque esté ciega, oscura. Creo y confío y por eso he venido a la contemplación. Tenemos que tener paciencia. Ser pacientes. Aprender a estar.